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 Animales patrióticos: los símbolos que México heredó de Mesoamérica

Foto del escritor: PeriodicoYA Puebla
PeriodicoYA Puebla
hace 4 minutos
6 min de lectura

Michel Olguín Lacunza / unamglobal.unam.mx

 

Un águila sobre un nopal, con una serpiente entre sus garras, marcó el destino de los mexicas. Según la tradición, Huitzilopochtli, su dios tutelar, les indicó que debían abandonar Aztlán y buscar el lugar donde encontraran esta señal. Cuando finalmente la vieron sobre un islote del lago de Texcoco, decidieron establecerse allí y fundaron México-Tenochtitlan. Según ese relato, el nopal había nacido donde fue arrojado el corazón de Copil. Siglos después, aquella imagen se convirtió en el corazón del escudo nacional.

 

Pero ¿por qué sentimos como nuestros al águila, el jaguar, el quetzal, el ajolote y otros animales que aparecen una y otra vez en nuestra cultura? Erik Velásquez García, investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, explicó que los animales representados en el arte prehispánico mantienen un vínculo profundo con el territorio y con las culturas y civilizaciones que han habitado estas tierras.

 

Una herencia que todavía vive

 

El quetzal, el jaguar, el puma, el águila, la serpiente y el ajolote permanecen en la imaginación mexicana porque son parte de una historia mucho más antigua que la nación moderna. Algunos tienen una distribución restringida; otros, como el puma y el jaguar, habitan regiones mucho más amplias de América, pero adquirieron significados particulares dentro de las culturas mesoamericanas.

 

Esa relación cultural no significa que todos sean exclusivos de nuestro territorio. Como explica la CONABIO, las especies endémicas son aquellas cuya distribución natural se limita a una región determinada. El jaguar, por ejemplo, tiene una distribución que se extiende desde México hasta el norte de Argentina.

 

El quetzal, aunque también se encuentra en territorio mexicano, es especialmente representativo de Centroamérica, particularmente de Guatemala, donde incluso da nombre a su moneda. El puma, por su parte, tuvo un lugar importante en el simbolismo de los antiguos mayas. Siglos después, se convirtió también en un emblema de la UNAM.

 

Así, los animales que aparecen en nuestros símbolos nacionales, en las leyendas, en el arte, en las monedas, billetes, timbres postales y hasta en los equipos deportivos no son una colección casual de especies. Son parte de una antigua manera de mirar el mundo.

 

Y quizá por eso, cuando un águila aparece en una bandera, un ajolote en una ilustración o un jaguar en una pieza de arte, no sólo reconocemos a un animal: reconocemos un territorio, una historia y una cultura que comenzaron mucho antes de que México existiera como país.

 

Asociados al poder

 

Los grandes depredadores han sido asociados con el poder y el estatus en distintas culturas del mundo. En Mesoamérica, el águila, el jaguar, el puma, los caimanes, los cocodrilos y las serpientes ocuparon un lugar destacado.

 

Pero su importancia no se debía únicamente a su fuerza: las sociedades mesoamericanas observaban con atención el comportamiento de los animales y lo utilizaban para explicar fenómenos naturales, actividades humanas y acontecimientos políticos y religiosos que, según sus creencias, estaban regidos por los ciclos cósmicos.

 

Así, un animal podía convertirse en una forma de entender el universo. La serpiente, por ejemplo, era un poderoso símbolo de los ciclos de la naturaleza. Al cambiar periódicamente de piel, parecía morir y renacer, por lo que se relacionaba con la renovación y con los ciclos de la vida.

 

Otros animales parecían capaces de moverse entre diferentes mundos. El cormorán, por ejemplo, podía anidar en tierra firme, volar por el cielo y sumergirse en el agua para pescar. En la interpretación que expone el investigador, esta capacidad de transitar entre los tres planos del cosmos, el inframundo acuático, la superficie terrestre y el cielo, lo convertía en un animal al que se atribuían facultades sobrenaturales.

 

Los animales también podían ser manifestaciones de lo sagrado. En distintas tradiciones mesoamericanas, las divinidades podían aparecer bajo formas animales. El Sol, por ejemplo, se vinculaba con el águila y, durante su recorrido nocturno por el inframundo, con el jaguar. Estas asociaciones variaban entre pueblos y épocas.

 

Por eso, los animales representados en el arte prehispánico no siempre son animales tal como los encontraríamos en la naturaleza. Con frecuencia aparecen seres híbridos, capaces de reunir las características y poderes de distintas especies: perros con orejas y cola de jaguar, quetzales cuyas alas terminan en cabezas de serpiente o aves que parecen llevar una boa alrededor del cuello.

 

El caso más famoso es, quizá, la serpiente emplumada. Con distintas expresiones entre los pueblos mesoamericanos, esta figura aparece como Quetzalcóatl entre los nahuas, Q’ukumatz entre los mayas quichés y K’uk’ulkaan entre los mayas yucatecos. Reunía en un solo ser las fuerzas de la tierra y del cielo.

 

En la lectura simbólica que explica Velásquez García, la serpiente se asociaba con lo terrestre, lo frío y lo femenino, y las plumas, con las aves, el cielo, lo caliente y lo masculino. Su unión representaba fuerzas complementarias de la creación y, en algunos relatos cosmogónicos, se relacionaba con el agua primigenia y con el origen mismo del universo.

 

El águila y la serpiente del escudo nacional también pueden leerse desde esta lógica de opuestos complementarios. Según esta interpretación, el águila está vinculada con el Sol y con Huitzilopochtli, mientras que la serpiente representa fuerzas terrestres, frías y subterráneas. Arriba y abajo, calor y frío: fuerzas diferentes que se necesitan mutuamente.

 

En el Teocalli de la Guerra Sagrada, del pico del águila sale un signo que entrelaza agua y fuego: el atl tlachinolli, asociado con la guerra. En esta representación, el águila no devora una serpiente.

 

El nopal sobre la piedra también remite al nombre de Tenochtitlan, que suele interpretarse como “lugar del tunal en la piedra”, el sitio donde los mexicas fundaron su ciudad.

 

El ajolote y el dios que se transformaba

 

Entre los animales que han sobrevivido hasta nuestros días como símbolos de identidad mexicana está el ajolote.

 

En la tradición nahua, Xólotl, hermano de Quetzalcóatl, se transformó en ajolote para evitar el sacrificio que permitiría poner en movimiento al Sol. Así, este animal quedó ligado a un relato de transformación y al mundo acuático.

 

Su propia naturaleza parece hecha para alimentar la imaginación: el ajolote de Xochimilco, Ambystoma mexicanum, vive en el agua y posee una extraordinaria capacidad de regeneración, que le permite recuperar extremidades perdidas. Estas características han contribuido a convertirlo en uno de los animales más emblemáticos de México.

 

Algo parecido ocurre con el conejo que vemos en la Luna. Las manchas de la superficie lunar pueden sugerir la figura de este animal a quienes las observan desde la Tierra. En algunas tradiciones mesoamericanas, el conejo estaba relacionado con la Luna, pero también con el pulque y las divinidades vinculadas con esta bebida.

 

De acuerdo con la explicación del investigador, se le atribuían rasgos como el nerviosismo, la timidez y una conducta cambiante, que podían relacionarse simbólicamente con la embriaguez y con las transformaciones aparentes de la Luna a lo largo de sus fases.

 

Animales que sostenían el mundo

 

En distintas cosmovisiones mesoamericanas, incluso la forma de la tierra podía imaginarse a través de los animales.

 

El cocodrilo o caimán era una representación de la superficie terrestre. En algunos relatos de origen, un enorme ser con rasgos de cocodrilo flotaba sobre el océano primordial y los dioses lo utilizaron para formar la tierra y separarla del cielo. Su cuerpo podía representar la superficie terrestre, mientras que sus placas dorsales evocaban las montañas y sus extremidades se relacionaban con las raíces del árbol cósmico.

 

La tortuga también podía representar la tierra. Para algunos pueblos mayas y de la costa del Golfo, el mundo podía imaginarse como una enorme tortuga que flotaba sobre el mar, cuyo caparazón estaba dividido en regiones.

 

Esta manera de mirar a los animales estaba relacionada con una concepción del ser humano en la que tampoco existía una separación absoluta entre personas y naturaleza. En algunas tradiciones, se creía que una persona podía compartir su destino con un animal. Si éste sufría o moría, su contraparte humana podía correr la misma suerte. Esta idea, conocida como tonalismo, sobrevive todavía entre algunos pueblos indígenas de México y Guatemala.

 

Otras creencias atribuían a ciertas personas la capacidad de transformarse en animales. Estas concepciones forman parte del nahualismo, cuyas expresiones varían entre pueblos y épocas.

 

En el caso de los antiguos mayas, Velásquez García describe seres de apariencia animal o híbrida que se vinculaban con las enfermedades y con el poder de los gobernantes. Según estas creencias, podían habitar en su interior y salir durante el sueño para dañar a sus enemigos. Eran seres sobrenaturales, cuyas características combinaban la observación de la naturaleza con las maneras de explicar la enfermedad y el poder.

 

Hoy, muchos de los animales que alimentaron esas historias enfrentan amenazas como la pérdida de hábitat y el cambio climático, en el contexto de la actual crisis de biodiversidad. Si sus poblaciones silvestres desaparecen, las nuevas generaciones podrían conocerlos solamente a través de imágenes, ejemplares conservados en museos o animales en cautiverio.

 

Protegerlos, entonces, significa conservar no sólo una especie, sino también una parte de la historia natural y cultural de México.

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