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¿Cómo era realmente las noches en una ciudad medieval?

Foto del escritor: PeriodicoYA Puebla
PeriodicoYA Puebla
hace 1 hora
3 min de lectura

Sin electricidad ni alumbrado público, la noche transformaba las ciudades medievales y hacía todo tan distinto a como son hoy
Jorge Razo / selecciones.com.mx

 

Una vez que desaparecía la luz del día, las campanas, las velas y las normas nocturnas comenzaban a marcar el ritmo de la ciudad.

 

Cuando el sol comenzaba a desaparecer detrás de los tejados, una ciudad medieval no se apagaba de golpe, pero tampoco continuaba con el ritmo que conocemos hoy.

 

No había electricidad, escaparates iluminados ni calles llenas de personas hasta la madrugada. La noche transformaba por completo la vida urbana y, dependiendo de la ciudad, la época y la posición social, podía significar regresar a casa, terminar el trabajo o enfrentarse a un mundo mucho más oscuro y vigilado.

 

Las iglesias anunciaban el inicio de las restricciones nocturnas

 

En muchas ciudades europeas, las campanas de las iglesias marcaban el comienzo de la noche. El momento exacto variaba según el lugar y la estación.



En el Londres medieval, por ejemplo, el toque de queda podía sonar alrededor de las ocho o nueve de la noche, mientras que en otras ciudades las normas eran diferentes.

 

    En la práctica, las autoridades utilizaban las campanas para anunciar que comenzaban las restricciones nocturnas.

 

No todos se iban a dormir

 

Eso no significaba que absolutamente todos se metieran en la cama. Algunas personas todavía tenían motivos para estar despiertas: vigilantes, trabajadores, viajeros, marineros, comerciantes y personas que necesitaban desplazarse podían encontrarse en las calles. También existían tabernas, posadas y otras actividades que intentaban prolongar la vida urbana después del anochecer.

 

Pero salir después del toque de queda podía convertirse en un problema. En el Londres medieval, las normas llegaron a ordenar el cierre de las puertas de la ciudad y de las tabernas, mientras grupos de hombres tenían que realizar guardias nocturnas.

 

    Quienes caminaban por las calles sin una razón aceptada podían ser considerados “nightwalkers” (personas que caminaban después del toque de queda nocturno sin una justificación válida) y enfrentarse a las autoridades.

 

Velas o antorchas para iluminar

 

Y estaba la oscuridad. Las calles no contaban con una iluminación pública comparable con la actual. Una persona podía llevar una vela, una lámpara o una antorcha, pero iluminar una calle completa era otra historia.

 


En algunas ciudades se intentó obligar a los habitantes a colocar luces frente a sus casas durante determinadas ocasiones, aunque estas medidas no siempre funcionaban.

 

    En París, por ejemplo, durante siglos quienes necesitaban desplazarse de noche podían tener que llevar su propia luz o contratar a alguien que la transportara.

 

Por eso, caminar solo por una ciudad medieval después de anochecer podía ser una experiencia inquietante: calles estrechas, poca luz, vigilancia, animales, riesgo de incendios y delincuencia, además de la dificultad de saber quién se aproximaba entre las sombras. Sin embargo, tampoco debemos imaginar una ciudad completamente muerta.

 

La noche tenía su propia vida, pero era mucho más limitada y peligrosa que la nuestra.

 

Quizá lo más extraño sea pensar en lo diferente que debía sentirse el paso del tiempo. Sin relojes públicos, luz eléctrica ni teléfonos, la noche estaba marcada por campanas, fuego, oscuridad y silencio.

 

Para muchas personas, cuando las últimas luces desaparecían y las puertas de la ciudad quedaban cerradas, el mundo conocido terminaba prácticamente a unos cuantos metros de su casa. Y durante horas, el cielo nocturno —mucho más visible que el nuestro— podía ser una de las pocas cosas que iluminaban aquella ciudad.

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