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De «bruja» a «loca de los gatos»: la relación de los felinos con las mujeres

Foto del escritor: PeriodicoYA Puebla
PeriodicoYA Puebla
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6 min de lectura

 

Michel Olguín Lacunza /unamglobal.unam.mx

 

Durante siglos, la imagen de la bruja se ha asociado con mujeres mayores, solteras o viudas, acompañadas de gatos, especialmente negros. Hoy, ese prejuicio también se manifiesta en el estereotipo de la «loca de los gatos», pero ¿de dónde surgió esta relación entre las mujeres, los felinos y la brujería? ¿Y por qué la sociedad ha convertido estas imágenes en motivo de sospecha o burla?

 

De acuerdo con Idanely Mora Peralta, del Centro de Lingüística Hispánica del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, culturalmente han existido más prejuicios contra las mujeres que contra los hombres.

 

¿Por qué la brujería se relacionaba con las mujeres?

 

En buena parte de Europa, entre los siglos XV y XVIII, las ideas religiosas y los tratados sobre brujería contribuyeron a convertir a determinadas mujeres, entre ellas solteras o sin hijos, en blanco de sospechas. Se las juzgaba a partir de ideales de juventud, belleza, maternidad y, sobre todo, obediencia. Al no encajar en estos modelos, podían ser consideradas más vulnerables a la tentación del diablo, según ciertas creencias de la época.

 

Vivir fuera de las estructuras familiares habituales también podía generar desconfianza, aunque ninguna de estas circunstancias implicaba por sí misma una acusación de brujería.

 

Grabado de The History of Witches and Wizards, publicado en Londres en 1720, que representa a cuatro mujeres entregando figuras de cera al diablo. La imagen refleja las representaciones de la brujería difundidas en la época. Fuente: Wellcome Collection.
Grabado de The History of Witches and Wizards, publicado en Londres en 1720, que representa a cuatro mujeres entregando figuras de cera al diablo. La imagen refleja las representaciones de la brujería difundidas en la época. Fuente: Wellcome Collection.

 

Algunas tenían conocimientos prácticos sobre plantas, remedios, cuidados del parto o prácticas tradicionales. Aunque eso no las convertía en brujas, sus actividades podían interpretarse de distintas maneras según el contexto y las fricciones sociales.

 

Las mujeres fueron acusadas de brujería con mayor frecuencia que los hombres debido no solo a ideas religiosas, sino también a conflictos con vecinos, familiares o conocidos, tensiones económicas y expectativas sociales sobre cómo debían comportarse.

 

De hecho, durante las grandes persecuciones europeas de los siglos XVI y XVII, alrededor del 80 por ciento de las personas juzgadas por brujería fueron mujeres, aunque la proporción varió según la región. La imagen de la anciana de nariz prominente, encorvada, vestida de negro y acompañada de un gato se convirtió en uno de los estereotipos más reconocibles de la bruja, aunque no representaba fielmente a todas las personas perseguidas.

 

A estas mujeres se les restaba valor social. Además, este estereotipo ridiculizaba la independencia femenina. Al no tener pareja, podían ser percibidas como solitarias o desequilibradas. Con el tiempo, el arquetipo se reforzó en los cuentos, el cine, la televisión y, más recientemente, las redes sociales. Incluso, en ocasiones, estas mujeres son tratadas con lástima.

 

Aunque se trata de una etiqueta sexista, el afecto por los gatos no implica necesariamente una carencia emocional, sino que puede responder a la afinidad con estos animales, apreciados por su independencia, sensibilidad y la tranquilidad que pueden ofrecer en la convivencia.

 

¿Cómo acabaron juntos la anciana, la escoba y el gato negro?

 

La imagen tradicional de la bruja no surgió de una sola vez, sino de la combinación de creencias culturales, relatos religiosos, tratados demonológicos, grabados y obras literarias. Siglos después, las ilustraciones infantiles, los cuentos y las películas contribuyeron a consolidarla.

 

“El gato negro terminó fusionado como una especie de atajo visual, basta colocarlo junto a una mujer para que el público entienda que se trata de una bruja”. Por eso, en la actualidad resaltan los gatos negros en las decoraciones de Halloween.

 

El gato: de símbolo de protección a la brujería

 

Los animales no solo habitan las casas o ciudades, sino también las historias, dijo la académica universitaria. Un claro ejemplo son los gatos. En el antiguo Egipto, estos felinos tenían un importante significado simbólico y se asociaban con la protección y la divinidad.

 

En esta cultura destacaba la diosa Bastet, representada como una gata o una mujer con cabeza de felino. Su culto tenía uno de sus principales centros en Bubastis, ciudad ubicada en el delta del Nilo. Se relacionaba con la protección del hogar, el bienestar doméstico, la maternidad y la fertilidad.

 

Además, se asociaba con la música, la alegría y las celebraciones. Su figura reunía aspectos protectores y festivos de la vida.

 

Con el paso de los siglos, los gatos también estuvieron presentes en las sociedades griega y romana. Su difusión por Europa se intensificó durante la época romana, favorecida por los contactos entre los territorios mediterráneos. Sin embargo, su presencia en otras sociedades no significó que conservaran el mismo valor religioso que tenían en Egipto.

 

En la Europa medieval, los gatos eran apreciados por su capacidad para controlar roedores y también como animales de compañía. Un ejemplo aparece en el manual inglés del siglo XIII Ancrene Wisse, que permitía a las mujeres dedicadas al retiro religioso conservar un gato como único animal.

 

Sin embargo, su valoración no fue uniforme. En determinados relatos y representaciones medievales, los gatos, especialmente los negros, comenzaron a relacionarse con fuerzas demoníacas y, hacia finales de la Edad Media, con la brujería y el satanismo.

 

El gato no cambió; cambió el significado cultural que distintas sociedades le atribuyeron. “Esa diferencia nos ayuda a entender que ningún animal posee por naturaleza un significado de buena o mala suerte, sino que su representación ha ido cambiando”.

 

Aunque es un animal doméstico, conserva un aire de misterio: sus ojos parecen brillar en la oscuridad, se mueve con agilidad, tiene hábitos nocturnos, desaparece y reaparece sin que las personas sepan dónde estuvo. Estas características contribuyeron a rodearlo de un halo de misterio y a alimentar diversas supersticiones.

 

El caso de la cerveza

 

Durante la Edad Media, la elaboración de cerveza fue una actividad en la que participaron numerosas mujeres, especialmente en Inglaterra y otras regiones de Europa. Algunas la preparaban para el consumo doméstico, mientras que otras la vendían como una forma de obtener ingresos.


«Mother Louse», mujer que administraba una taberna cerca de Oxford, Inglaterra, representada con un sombrero puntiagudo y una jarra de cerveza. Grabado de David Loggan, siglo XVII. Fuente: National Gallery of Art.
«Mother Louse», mujer que administraba una taberna cerca de Oxford, Inglaterra, representada con un sombrero puntiagudo y una jarra de cerveza. Grabado de David Loggan, siglo XVII. Fuente: National Gallery of Art.

En ciertas localidades inglesas se utilizaban señales, como una vara colocada fuera de los establecimientos, para anunciar la venta de cerveza. Además, los gatos resultaban útiles para controlar a los roedores y proteger las reservas de grano.

 

Se ha planteado que algunos elementos atribuidos a las mujeres cerveceras, como los recipientes de elaboración, las escobas y los gatos, pudieron contribuir a la imagen popular de las brujas. Sin embargo, no existen pruebas históricas suficientes para afirmar que este estereotipo surgió directamente de dicha actividad.

 

Lo que sí se ha documentado es que las mujeres dedicadas a la elaboración y venta de cerveza fueron objeto de burlas y representaciones negativas. Con el crecimiento comercial de esta actividad, su participación también disminuyó en distintas localidades inglesas, en medio de transformaciones económicas y sociales.

 

Este caso permite observar cómo ciertas actividades realizadas por mujeres podían ser motivo de desconfianza o desprestigio, especialmente cuando les proporcionaban independencia económica.

 

Los mitos: el gato negro y las creencias sobre brujería

 

Entre todos los colores de gatos, el negro adquirió un significado relacionado con la noche, lo desconocido y, en ciertos contextos cristianos europeos, el mal. De ahí que se relacionara con la brujería. Un animal de color negro que se desplaza casi sin ser visto podía alimentar esa imaginación.

 

Ya en la Edad Media existían relatos sobre espíritus familiares, seres sobrenaturales que, según las creencias de la época, podían acompañar o ayudar a personas acusadas de brujería y adoptar la forma de animales. Esta creencia adquirió especial importancia en Inglaterra durante los siglos XVI y XVII. Se mencionaban perros, sapos e incluso hurones, pero el gato se convirtió en una de las figuras más reconocibles de ese imaginario.

 


Hay un episodio interesante que contribuyó a vincular a los felinos con las creencias sobre la herejía y las fuerzas sobrenaturales. En 1233, durante el pontificado de Gregorio IX, se emitió la bula Vox in Rama, relacionada con acusaciones de herejía en Alemania. El documento describía un supuesto ritual en el que aparecía un gato negro asociado con el demonio.

 

Sin embargo, no es exacto decir que este documento declaró que todos los gatos eran diabólicos ni que, por sí solo, inició las persecuciones de brujas en Europa.

 

Durante los siguientes siglos, del XV al XVIII, especialmente en la época de las grandes persecuciones por brujería, se consolidaron distintas representaciones de la bruja acompañada por un gato. Las imágenes, los relatos y los tratados de demonología contribuyeron a que esta asociación perdurara.

 

No obstante, el gato negro no significó mala suerte en todas partes. En algunas tradiciones británicas, irlandesas e incluso japonesas, se le ha considerado un animal de buen augurio o buena fortuna. “Esto nos recuerda que el simbolismo de un animal no es universal, sino que depende de la cultura de la época”.

 

Así, la historia de las brujas y los gatos también permite comprender cómo se construyen y perduran los prejuicios. A lo largo de los siglos, distintas creencias y representaciones culturales contribuyeron a convertir a ciertas mujeres en figuras sospechosas, especialmente cuando su forma de vida se apartaba de las expectativas sociales. Aunque los contextos han cambiado, la imagen de la mujer independiente, pero señalada por no ajustarse a las normas de su tiempo, sigue presente en distintos estereotipos.

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